jueves, 16 de febrero de 2012

Siempre en el balcón...solo en Primavera.



Ella lo busca entre los presentes, lo busca discretamente. Sus ojos se deslizan entre los rostros de las personas, en su afán por encontrarlo y simplemente se requiere una ínfima fracción de tiempo para que descarte ese no deseado rostro y se fije en otro. Se mueve con cautela, pero su ansiedad se nota en su mirar. Esta noche sus ojos son azules, pero no debido a su herencia genética: están llenos de los todos los firmamentos que juntos compartieron, sus recuerdos ya no pueden ser encerrados en su memoria y se filtran alrededor de sus pupilas.

Ella lo busca, pero aún no lo encuentra, la incerteza empieza a apoderarse de su razón, ella no se da cuenta, pero poco a poco pierde el control de sus movimientos, ya no es tan precisa y calculadora como antes, es como si una a una, mil hojas de celofán fueran colocadas frente a su mirada. Una habitación tras otra, y lo único que logra ver son seres sin importancia que repisan sus vidas sin sentido aparente.

Ella lo busca, pero no sabe donde continuar. Sus pasos son más largos y y la delicadeza con la que se movia, es un simple trazo del pasado. La deseperación lleva a la interacción, incluso con aquello que se odia. Su voz se despierta y toma forma de pregunta, se propaga en el aire que llena las habitaciones sin obtener una respuesta de parte de aquellas sombras amorfas que observan sin dirección y hablan sin sentido. De repente, de una de ellas proviene algo inquietante; una respuesta.

"No lo encontrarás donde no le gusta estar." dijo aquella sombra. "Sabes que siempre ha estado en el balcón."

Ella, con una mirada autoflagelante y con un gesto que simula una sonrisa, agradece a aquella figura como una niña malcriada que acaba de ser reprendida, le da la espalda y emprende su viaje con destino fijado, llevando esta vez una brújula en su mano. Retoma sus discretos pasos, pero su aparente calma es solo una artimaña para esconder su ansiedad, esa que crece a medida que sus distancias se acortan.

Llega. Abre los ventanales que mueren en aquél enorme balcón en forma de media luna, aquél que guarda los secretos de las voces y los profundos suspiros callados por el tiempo. Y ahi está él. Está de espaldas al final del balcón, vistiendo su impecable traje negro. Apuesto como siempre, sus ojos verdes sellan su mirada con la sabiduría adquirida en todos sus años de vida, en sus kilómetros recorridos, en sus amores perdidos. Sereno, tranquilo... no hay nada que lo disturbe.

Ella se acerca y se posa a su lado. Lo mira y luego fija sus ojos tratando de mirar en la lejanía eso que él observa con infinita atención. Toma un cigarrillo, lo enciende y se lo ofrece, como en los viejos tiempos.

Él, sonríe y declina la oferta, toma su copa y bebe un poco. "Tu tiempo en mi mente, ha pasado" -él dice- "Siempre estuve esperándote, lejos de los demás, donde las voces se confunden con el sonido del viento. Siempre estuve esperándote en el balcón y mientras lo hacía miraba en el horizonte un punto brillante. Poco a poco entendí que ese punto era todo ese mundo que me perdía por estar en este elegante balcón, que estaba tan lejos que se reducía a una brillante pero mínima expresión".

"Siempre quise estar contigo, pero no sabía cómo encontrarte." -respondió ella con un suspiro- "Te busqué en lejanías, en lugares impensables; te busqué donde creía que estarías y donde quería que estuvieras, te busqué en otros ojos, en otros lechos, hasta te busqué en el espejismo de tu corazón... pero nunca te encontré". Hermosa y tenue, el viento acaricia sus palabras y sus cabellos. Brilla y calla como una estrella. Simples mortales emprenderían mil batallas por tener un segundo de su mirada. Pero él, tranquilo e inmutable, es dueño de sus deseos, es ahora inmune a su divinidad, ha crecido y encontrado esa correspondencia que nunca buscó, pero que siempre apreció. 

Un último trago se desvanece, él se acerca getil y seguramente a ella y tomándola delicadamente de su rostro contempla aquellos ojos, aquellos vórtices che han devorado tantas almas e ilusiones, masacrado corazones e historias de lujuria, y logra que los párpados los cubran: un acto de rendición. Pero él no busca la conquista; la besa en la frente y lentamente decide alejarse con una insolente y casi imperceptible sonrisa dibujada con el más fino de los pinceles. Continua caminando y abandona aquel balcón, ese balcón con forma de media luna que por tanto tiempo fue su prisión y que hoy lo ve regresar a su libertad. Camina y prosigue y pronto su silueta es cubierta por todas aquellas criaturas y entes acromáticos... se ha ido.

Ella, hermosa e incomparable, se ha convertido en la reclusa de aquel balcón, y perdida en pensamientos contempla aquel brillante punto, aquel brillante momento que muestra todo ese mundo que se perdía por estar en este elegante balcón, que estaba tan lejos que se reducía a una brillante pero mínima expresión. un bang sin escalpelos, una llama sin visión, una vida que no nació, un tiempo que no existió.

Y el viento la vuelve a acariciar... y ella sonrie de nuevo...